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domingo, 1 de mayo de 2011

Hay árboles dentro de mi corazón, que tienen la desolación y hermosura del otoño. Unas raíces azulosas y antiguas, quebrajadas e inmensas. Tienen un color como crujir de espanto ante la certeza de que hay personas que no volverán; y desgarrarse. Como ese último azul que estrena y pierde la noche a medida que no estás. Poseen una música de paseo por el mar, en un atardecer de gritos, violines y pájaros. Y una constelación de silencios, una milenaria.


Porque la noche nace en mis adioses y todo es mar y silencios; porque la herida tirita al resonar de tu nombre: en mi corazón también habita un mar, deseoso de ahogarme. Me enlutan las olas y paradójicamente me resucitan. A pesar de la certeza árida de que hay milenios y milenios de muertes y ningún resucitado.

Concurren esta noche el otoño de tu ausencia, el invierno de tu desesperanza, el reproche del silencio, la sangre que no cicatriza, para arrancarme los ojos y llevarlos al lugar donde te perdí. Necesito mirar de nuevo el cuadro, sin embargo, esta sensación de vacío y destrucción me tiene atrapada en una especie de limbo, donde ya no puedo mirarte, ni hacia atrás, ni hacia adelante.

Una estación de trenes y un puerto. Una sensación indómita de quitármelo todo, me invade. Siento que ya nada importa y como consecuencia de una noche de contracciones: me importas más que nunca, aunque eso realmente no cambie en nada las cosas. Ni las siluetas que se fueron. Ni las palabras que debieron asistir a ese lúgubre silencio. Después de aquél día, los pájaros emigraron a otro nido. Las olas sólo supieron de frío y perdieron, súbitamente, la esperanza de que alguna corriente trajera la sensación de milagro que tenían tus brazos.

Se derrumbaron uno a uno los pilares de una hermosa promesa, se destrozaron en el suelo de mi alma tus palabras. Quisiera encontrar la ecuación para borrar nuestros miedos. Sin embargo, aunque muchos los afirmen, yo lo niego: las matemáticas no son perfectas. No si no pueden traerte de vuelta a mis olas, antes de que empiece la tormenta que no sólo acabara con el recuerdo, sino también con la memoria.

Entre árboles, viento, mar y despedidas inconclusas, sé que debo irme para dejar de encontrarte. Sé que sólo quiero hallarte, sin embargo, sé que jamás he de buscarte. Reitero: en mi corazón habita un mar, deseoso de ahogarme.





Bienvenido (a)

Como los primeros rayos del sol, al amanecer, medio tímidos tocando el cielo entre sus brazos... Así puede que me sienta, dispuesta a abrazarte con lo que más amo hacer, escribir.

Muchas gracias por estar aquí, entre mis sueños y desvelos.

Un abrazo,


Fran Joan Violet